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La confianza no se decreta: se construye todos los días entre gobierno y empresarios

José Bahena30 de julio de 20265 min de lectura
confianza

Sin confianza institucional no hay inversión; sin inversión no hay empleo… y sin empleo no hay desarrollo.

Pocas palabras tienen tanto peso en la economía como la confianza. No aparece en las leyes fiscales, no puede medirse en toneladas ni en litros, no cotiza en la Bolsa Mexicana de Valores… Y sin embargo, puede determinar el éxito o el fracaso de una región, de un estado o de un país.

La confianza es el cimiento sobre el que se construye toda inversión.

Ningún empresario decide abrir una nueva planta, contratar más personal o destinar millones de pesos a un proyecto únicamente porque existan oportunidades de negocio. También necesita tener confianza en las reglas del juego:

  • Confianza en las instituciones.
  • Confianza en que los contratos se respetarán.
  • Confianza en que la ley será aplicada con imparcialidad.
  • Confianza en que los cambios regulatorios no alterarán, de un día para otro, la viabilidad de su inversión.

La inversión no huye únicamente de los problemas. Huye, sobre todo, de la incertidumbre. Y cuando la confianza desaparece, el capital busca otros destinos.

No se trata de un fenómeno exclusivo de México. Sucede en cualquier economía del mundo.

Los recursos financieros siempre buscan entornos donde existan condiciones para crecer con certidumbre. Por esto, los países que logran atraer inversión de manera sostenida no son necesariamente aquellos con los impuestos más bajos o con la mano de obra más barata… Son aquellos que ofrecen estabilidad, instituciones confiables y reglas claras.

En México solemos caer en una falsa discusión: hay quienes consideran que el gobierno y la iniciativa privada representan intereses opuestos. Otros piensan que el empresario únicamente busca maximizar sus utilidades sin importar el impacto social. También existen quienes ven al gobierno como un obstáculo permanente para el desarrollo económico. Ambas visiones resultan simplistas.

Una economía moderna necesita un Estado fuerte, pero también necesita un sector privado dinámico.

El gobierno tiene la responsabilidad de generar condiciones para el desarrollo. El empresario tiene la responsabilidad de invertir, innovar, generar empleo y pagar impuestos… Cuando ambos entienden su papel, el resultado beneficia a toda la sociedad, y cuando alguno falla, todos terminamos pagando las consecuencias.

La historia económica demuestra que las naciones más prósperas no son aquellas donde gobierno y empresarios viven en confrontación permanente. Son aquellas donde existe diálogo institucional, respeto mutuo y objetivos compartidos.

Eso no significa ausencia de diferencias. Las diferencias son naturales… Lo importante es que existan mecanismos para resolverlas mediante el diálogo y el Estado de derecho.

La confianza tampoco implica privilegios: no significa trato preferencial, no supone eliminar la regulación. Significa algo mucho más sencillo y mucho más poderoso: que las reglas sean conocidas, que se apliquen por igual y que cambien sólo mediante procesos transparentes y previsibles.

La confianza también debe construirse desde el sector empresarial. Los empresarios tenemos una responsabilidad ineludible: cumplir la ley… y esto implica pagar impuestos, respetar a nuestros colaboradores, honrar los contratos, competir con ética, contribuir al desarrollo de nuestras comunidades.

No podemos exigir confianza institucional si nuestras propias organizaciones no generan confianza. La credibilidad es una responsabilidad compartida.

En mi experiencia participando en organismos empresariales, he comprobado que los mejores resultados aparecen cuando el diálogo sustituye a la confrontación. Cuando las cámaras empresariales presentan propuestas en lugar de únicamente señalar problemas, cuando las autoridades escuchan antes de decidir, cuando las diferencias se convierten en oportunidades para construir mejores soluciones.

México enfrenta enormes desafíos: incrementar la productividad, aprovechar el fenómeno de la relocalización industrial, incorporar tecnologías como la Inteligencia Artificial, modernizar su infraestructura, fortalecer a las pequeñas y medianas empresas. Ninguno de esos retos podrá resolverse si gobierno y sector privado avanzan en direcciones opuestas.

El desarrollo económico no puede construirse desde la desconfianza: necesita puentes, no muros. Necesita colaboración, no confrontación. Necesita instituciones sólidas, pero también empresarios comprometidos con el futuro del país.

Como Expresidente de Canacintra Riviera Maya, Vicepresidente de CANACINTRA Coatzacoalcos y empresario, estoy convencido de que el crecimiento económico no será producto de discursos ni de buenas intenciones… Será consecuencia de acuerdos, de reglas claras y de una visión compartida entre quienes diseñan las políticas públicas y quienes todos los días generan empleo, arriesgan capital y crean riqueza.

La confianza no se firma en un decreto, no se impone desde una oficina, no nace de una conferencia de prensa… Se construye lentamente, con decisiones coherentes, con respeto institucional, con cumplimiento de la palabra, con diálogo permanente.

Porque cuando existe confianza, llega la inversión. Cuando llega la inversión, nace el empleo… Y cuando el empleo crece, prosperan las familias, las empresas y el país.

Tal vez esa sea la lección más importante para el México de hoy: no existe política económica más poderosa que la confianza mutua entre un gobierno que brinda certidumbre y un empresariado dispuesto a invertir en el futuro de su nación.

Fuentes de consulta:

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T1 E31:Gobierno corporativo y empresa familiar | Claves para trascender y profesionalizar la gestión

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