Juventud y territorio: construir empresa donde prevalece la incertidumbre

Durante años, a muchos jóvenes de nuestras regiones se nos ha hecho pensar que para crecer hay que irse: buscar las grandes ciudades y los lugares donde parece que las oportunidades ya están dadas. Como advertía el sociólogo José Antonio Pérez Islas en sus análisis sobre juventudes en América Latina, las nuevas generaciones enfrentan procesos complejos de desterritorialización marcados por la migración forzada y la falta de anclaje.
Frente a esa inercia, quedarse a construir desde lo local es una apuesta decidida por reterritorializar el talento y darle raíz productiva a nuestro entorno, asumiendo que el mérito del relevo generacional radica en generar valor donde las condiciones no están dadas por sentado.
Y quedarse no significa ignorar las dificultades. Hoy enfrentamos aumentos de costos, problemas logísticos, cambios en los mercados y nuevas condiciones para producir y competir. No son excepciones: son parte del terreno sobre el que hoy hacemos empresa. Ante esta realidad, la incertidumbre no puede ser una razón para quedarnos quietos.
En ese escenario, los jóvenes podemos aportar algo importante: la disposición para aprender rápido, probar nuevas formas de hacer las cosas, incorporar tecnología y adaptarnos cuando el contexto cambia. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque muchas veces nos ha tocado aprender sobre la marcha. Esa capacidad también puede convertirse en una ventaja competitiva para nuestras empresas y nuestras regiones.
Pero también hay que reconocer algo: la capacidad de una sola empresa tiene límites. Frente a un entorno cambiante, una empresa sola es más vulnerable. Cuando las organizaciones, las instituciones y la sociedad trabajan juntas, la región tiene muchas más posibilidades de resistir y crecer.
El valor de la red empresarial Construir en nuestra tierra también significa construir comunidad. No basta con que una empresa crezca por sí sola. Necesitamos fortalecer a los proveedores de nuestra región, abrir oportunidades para las micro, pequeñas y medianas empresas y hacer que el crecimiento de una empresa genere oportunidades para otras. Y necesitamos algo que no aparece en ningún balance financiero, pero que puede hacer una gran diferencia: confianza entre empresas, gobierno, instituciones y sociedad.
Por eso, los organismos empresariales y las mesas de trabajo no pueden quedarse en reuniones de protocolo. Tienen que servir para conectar empresas, resolver problemas, abrir oportunidades y encontrar soluciones que una organización sola difícilmente podría alcanzar.
Construir en casa tiene, además, una dificultad adicional: hacerlo mientras demuestras que sí se puede. Para muchos jóvenes, emprender y liderar también implica demostrar que ser joven no significa tener menos capacidad para decidir, dirigir o asumir responsabilidades.
Pero asumir ese reto tiene un propósito que va más allá de cada proyecto. Cada empresa que logra consolidarse en una región puede abrir oportunidades para otros jóvenes, fortalecer a otros negocios y demostrar que también es posible crecer sin tener que irse.
Quedarse a construir no es resignación ni conformismo. El desarrollo de nuestras regiones no va a cambiar solamente porque conozcamos sus problemas ni porque esperemos a que llegue el momento perfecto. Va a cambiar cuando haya personas dispuestas a quedarse, a trabajar, a invertir, a equivocarse, a volver a intentarlo y, sobre todo, a construir oportunidades donde antes parecía que no las había.
Porque quedarse no significa conformarse con lo que tenemos. A veces significa decidir que nosotros vamos a ser parte de quienes cambien lo que viene.
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